Cómo nos controlan desde el poder

Escrito por Juan Pérez Ventura

Después de varias crisis económicas, parece que finalmente hemos interiorizado y aceptado que existe la lucha de clases. No hace falta mantener un discurso radical para defender la idea de que en la sociedad actual existen distintas clases, y que éstas se encuentran en constante lucha por la defensa de sus intereses respectivos, que pocas veces coinciden entre clase y clase. Hoy en día cualquier persona con algo de conciencia y buena información sabe que pertenece a una clase social.

Siguiendo la lógica de la jerarquía, la clase de arriba controla a la de abajo. El poder siempre está arriba en la pirámide de las clases sociales. En cuanto a las formas que tiene el poder de controlar a las clases dominadas, es muy interesante la visión que aportan dos autores: George Orwell, famoso por sus obras ‘Rebelión en la granja’ y ‘1984’, y Aldous Huxley, muy conocido también por su libro ‘Un mundo feliz’.

Las ideas de Orwell y de Huxley, aunque diferentes, apuntan en una misma dirección: existe una clase dominante que controla a una clase dominada sin que ésta sea consciente. Para cada autor los modos de control son diferentes, pero vienen a demostrar que la lucha de clases la están ganando las clases altas, tal y como ellas mismas reconocen. Warren Buffett, uno de los hombres más ricos del mundo, dijo en el año 2006 que: «Claro que hay una guerra de clases, y es mi clase, la de los ricos, quienes la estamos ganando.».

Orwell: nos controlan a través de lo que no nos gusta

¿Qué es lo que menos nos gusta? El miedo. A nadie le gusta pasar miedo. La persona que vive con miedo no es dueña de su vida, pues está a merced del miedo y de quien se lo transmite. Eso lo han entendido muy bien las clases dominantes, que saben que es más fácil controlar a una población atemorizada que a una libre de miedos. Por ello hoy en día el uso del miedo en la política es muy frecuente.

Se han desarrollado teorías que hablan del miedo como el principal factor de control, como la «Doctrina del Shock», propuesta por Naomi Klein, que señala al sistema capitalista como principal culpable en la dispersión del miedo. Según Klein el sistema aprovecha momentos de terror y confusión como desastres naturales, atentados terroristas o crisis económicas para llevar a cabo políticas neoliberales, intentando que la población no se de cuenta, y excusándose en que «no queda otro remedio».

El miedo no sólo se utiliza a nivel nacional para que los gobernantes de un país consigan llevar a cabo políticas económicas o sociales, sino que también se aplica a escala global para consolidad un sistema de bloques que hemos analizado en muchas ocasiones en esta web. La división del mundo en Centro-Periferia o entre Occidente y el resto motiva ciertas tensiones que, ante los ojos de la ciudadanía, han de quedar muy bien explicadas: «ellos son los malos y nosotros los buenos».

Así, tal y como está configurado el mundo actualmente, tenemos una serie de países que han sido utilizados por Occidente para generar miedo entre su población. Países acusados de patrocinar el terrorismo (Irán, Libia, Siria…) o países relacionados con la falta de libertad (Cuba, Venezuela…) son objeto de ataques mediáticos en Europa y Estados Unidos, y sirven como elemento de «unificación social», de forma que la población occidental apoya a sus líderes cuando se enfrentan a este tipo de países tan indeseables. El uso del miedo a escala global se analiza con más profundidad en el siguiente artículo:

Huxley: nos controlan a través de lo que nos gusta

Nos gusta estar distraídos. Como seres humanos tenemos esa necesidad de escapar por un momento del mundo real y relajarnos en un mar de programas de televisión, lecturas de revistas, redes sociales… No hay nada malo en abstraerse de la realidad de vez en cuando y distraernos con las cosas que nos gustan. El problema es que hoy en día no nos distraemos un rato, sino que vivimos distraídos. Y lo peor es que lo sabemos. Y nos gusta.

Es mucho más cómodo estar sentado en el sofá viendo la televisión que mirar por la ventana e intentar comprender cómo funciona el mundo y pensar en cómo se pueden cambiar las cosas. El poder de atracción de elementos como los videojuegos, la televisión, el deporte o la vida íntima de los famosos es mucho mayor que el interés por saber la verdad sobre el mundo en el que vivimos. Pero esta dura realidad no es fruto de un intrínseco gusto por la ignorancia por parte del ser humano, sino que es fomentada por parte de las clases dominantes.

El ser humano es curioso por naturaleza. Le gusta hacerse preguntas y conocer cosas. El estado de ignorancia y de pasividad actual ha sido artificialmente creado por el poder, a través de complejos mecanismos de desinformación y con una variada oferta de productos distractores. De forma que, aunque hay buena parte de culpa en la propia ciudadanía, que se deja seducir y distraer, lo cierto es que es el poder el responsable principal de que la sociedad actual sea una sociedad inculta, desinformada y fácilmente manipulable.

Por ello una de las formas que tenemos para escapar del control de las clases dominantes es no dejarnos informar por ellas. La información es el arma más valiosa en la sociedad actual, y hoy en día está en manos del poder. Por eso no hay que dejarse informar, hay que informarse. A un ciudadano bien informado es mucho más complicado engañarle, y ese ciudadano bien informado será más libre que el que disfruta sentado en el sofá viendo la televisión.

PROFUNDIZAR EN EL ANÁLISIS: Además de distraernos con los medios de comunicación, las tesis de Huxley también consideran como elemento atractivo que permite el control de la población a través del gusto el consumo. Una sociedad consumista es más fácilmente controlable, pues la producción de bienes de consumo también está controlada por las clases dominantes. 

La realidad: nos controlan

Sea a través del miedo, como defiende Orwell, o a través de distracciones que nos gustan, como mantiene Huxley, lo cierto es que, de una forma u otra, estamos siendo controlados. Esa es la realidad.

El sistema de clases sociales se mantiene precisamente porque existe ese control por parte de las clases dominantes, que disponen de muchas más herramientas para conservar su privilegiado estatus social. A través de los medios de comunicación, de la religión, de las empresas multinacionales, de las guerras… incluso a través de la democracia.

Una vez identificados los modos de control, lo que debe hacer la ciudadanía es luchar por su libertad. ¿Cómo? Contra la desinformación, información. Contra el miedo, valor.

Aunque es complicado llegar a un estado de libertad total, el simple hecho de saber cómo funciona el mundo y ser conscientes de que existe este sistema de control de clases ya es un pequeño logro. Y si es imposible ganar la lucha de clases, tampoco pasa nada. Siempre nos quedará el sofá.

Hacia la singularidad: Inteligencia Artificial dominando el mundo

Escrito por Juan Pérez Ventura

Tan impresionantes son los evidentes peligros a los que nos enfrentamos como la poca atención o preocupación que parecen concertar entre la mayor parte de la población. Quizás no preocuparse sea una buena estrategia para llevar una vida tranquila, pero sin duda no es recomendable a la hora de pensar políticas para el futuro más cercano. La sociedad en convivencia con la inteligencia artificial no está tan lejos. Y sí, quizás haya que preocuparse un poco, aunque sólo sea para diseñar cómo vamos a establecer la relación con los robots inteligentes, que ya nos acompañan en muchos momentos de nuestro día a día.

El concepto de singularidad, aplicado en el ámbito de la tecnología, hace referencia a ese posible momento futuro en el que las máquinas alcancen una inteligencia igual o superior a la del ser humano, y sean autónomas en tareas como el aprendizaje o el mejoramiento. Es decir, máquinas (ordenadores, robots, programas informáticos…) capaces de aprender por sí solas y de mejorarse a sí mismas. Además, podrían igualar al cerebro humano si adquirieran habilidades emotivas y racionales.

Por el momento el ser humano ya ha creado máquinas que dominan la inteligencia perceptual (reconocimiento de imágenes, de sonido, transcripciones del habla, clasificación de imágenes…) y que incluso pueden crear algoritmos para generar sonidos e imágenes manejando redes adversarias generativas, es decir, que permiten generar nueva información a partir de la que ya se tiene. Si bien las máquinas actuales realizan todo esto gracias a una base informativa facilitada por un ser humano (un programador, un ingeniero, un informático…), los expertos coinciden en que hacia las décadas de 2040 o 2050 se habrá conseguido que las inteligencias artificiales construyan desde cero el conocimiento, planificando jerárquicamente la información y entendiéndola.

Es importante recordar que no estamos hablando de una sociedad en la que los coches vuelen y la gente viaje a Marte de vacaciones, sino de un futuro cercano en el tiempo (¿qué son cuarenta años en la escala humana? ¿cuánto se ha avanzado tecnológicamente desde 1970?) que plantea situaciones muy interesantes para abrir el debate, aunque puedan parecernos ficticias o inverosímiles.

Posibles escenarios en el futuro próximo

Antes de hablar de una superinteligencia que quiera aniquilar al ser humano porque es muy mala (parece que esa es la aproximación más extendida que se plantea para abordar el tema de la inteligencia artificial), es necesario situarnos temporalmente y tratar de adivinar qué será lo primero que llegue a nuestras sociedades. Antes de tener robots terminators que se adueñen del mundo o programas informáticos que nos esclavicen, habrá situaciones mucho menos excitantes pero que nos pondrán en complicados debates morales, políticos, sociales, jurídicos, filosóficos, éticos y hasta familiares.

Hasta ahora la relación con las máquinas ha sido fría como el metal del que están hechas. Las diseñamos y observamos cómo realizan la tarea que les hemos encomendado. Están a nuestro servicio. Tienen formas extrañas, con cables, pantallas y luces cubiertas por duras carcasas de plástico. Viven en el interior de fábricas de las que salen nuestros coches y electrodomésticos, las tenemos escondidas para olvidar que hacen muy bien su trabajo. Esta relación distante y de superioridad puede cambiar próximamente, cuando veamos a las máquinas de manera distinta.

Un ejemplo está en los llamados robots de compañía, que podrían entrar en contacto con nosotros muy pronto en forma de ayuda a ancianos, como objetos sexuales o como simples elementos de ocio. El mercado de los robots sexuales está en crecimiento, y ya hay empresas que venden este tipo de acompañantes por 15.000 euros. Los robots (modelos masculinos y femeninos) tienen proporciones físicas perfectas e incluso varias personalidades programadas. Existe la muñeca robótica Roxxxy Gold, con la que se puede practicar sexo poniéndola en modo «salvaje» o «frígida». En cuanto a los robots de asistencia para personas mayores, tanto en China como en Japón ya se están poniendo en marcha los primeros proyectos en residencias y hospitales. Es mucho más eficiente y barato tener a un robot haciendo ejercicios delante de un grupo de ancianos que malgastar el tiempo de un humano que podría estar haciendo otro trabajo mucho más importante.

Existe una discoteca donde la música la pone y mezcla un robot. Aunque su aspecto sigue siendo el de un brazo metálico, bastaría con darle forma humana para que se pudiera empatizar con este DJ robótico. Eso se intenta con Androidol U, una presentadora de televisión japonesa que puede hacer su programa en directo sin necesidad de descansar: es un androide. También hay robots policías patrullando aeropuertos: ¿cómo reaccionaríamos si un montón de cables y circuitos nos quisiera detener? ¿obedeceríamos? Como hemos dicho, hasta ahora la relación entre humanos y máquinas se ha basado en el poder del creador, pero si otorgamos cualquier tipo de autoridad a un robot, pueden generarse situaciones inéditas.

Hablamos de máquinas y robots, pero la inteligencia artificial no conoce forma física concreta. Al moverse en la dimensión virtual, la IA puede ser un programa informático sin apariencia humanoide ni robótica. Es en estos casos de hecho donde vemos el mayor poder de la inteligencia artificial, como ocurre con SkyNet, un programa informático  capaz de reconocer objetos y a personas que ha sido instalado en China para garantizar la seguridad (y vigilancia) de todos los ciudadanos. SkyNet tiene más ojos que nadie: 20 millones de cámaras le facilitan imágenes y él se encarga de reconocer facialmente a cada ciudadano.

El debate que surge con la puesta en práctica de este tipo de tecnologías tiene que ver con cuestiones de privacidad, intimidad y derechos de las personas. El aumento de la seguridad casi siempre va atada al descenso de los derechos, pero en el caso de la IA se suma el factor de que es un robot quien invade la intimidad y utiliza con autonomía nuestros datos. ¿Estamos indefensos ante la vigilancia automatizada? Ante esta situación habrá quien prefiera confiar su seguridad a la inteligencia humana, y otros confiarán más en una inteligencia artificial. Los seres humanos cometemos muchos más errores, sin embargo cuando falla un robot, la alarma es mayor.

Este mismo año 2018 se ha producido el primer atropello mortal causado por un coche inteligente. El determinismo algorítmico y las decisiones automatizadas no siempre aciertan. Las mismas reglas se aplican a los sistemas financieros automatizados. ¿Qué ocurriría si una IA cometiera un accidente manejando flujos de dinero y nos hiciera perder miles de millones? Noticias de este estilo fomentan interesantes debates políticos, sociales, éticos y hasta jurídicos: ¿quién tiene la culpa cuando una inteligencia artificial causa un accidente o comete un delito, la máquina o la persona que la diseñó? Nadie duda que en la actualidad la responsabilidad es de la empresa y los ingenieros detrás de la máquina, pero en unos años este escenario puede cambiar.

¿Dejarías a un algoritmo decidir? Seguramente el determinismo algorítmico no nos importe para el caso de Spotify, que con su inteligencia nos recomienda las canciones que sabe nos van a gustar pero, ¿y en los coches? ¿dejaríamos a la IA que tomara las decisiones que creyera oportunas en la carretera mientras nos lleva a donde le hemos dicho? ¿y en casa? ¿nos parecería bien ceder la cuchara y que fuera una IA quien nos cocinara la comida que sabe que preferimos? Ahí se podría decir que el robot tiene la sartén por el mango… ¿Querríamos que una inteligencia artificial nos presentara cada mañana un resumen de las noticias de los medios de comunicación que ha identificado como más importantes? ¡Nunca leeríamos nada diferente, siempre las mismas fuentes de información!

Todas estas cuestiones que se plantean parecen otorgar intencionalidad a las acciones de los robots inteligentes. ¿Realmente serán capaces de tener intenciones? Y, si no hay intencionalidad, ¿se les puede exigir responsabilidad? ¿en qué medida las máquinas podrán ser responsables de sus actos?

Aceptar que los robots deben tener una responsabilidad es adjudicarles deberes, y en ese sentido es interesante recordar la propuesta que la Alianza Progresista de Socialistas y Demócratas hizo en el Parlamento Europeo en 2016, en la que se pedía que los robots adquirieran el estatus jurídico de ‘personas electrónicas’ para que, entre otras cosas, tuvieran el deber de pagar impuestos. Según como entendemos las relaciones en sociedad, tener deberes va a acompañado de disfrutar de ciertos derechos. Si se avanza hacia una verdadera inteligencia artificial, los robots podrían adquirir derechos derivados de su trabajo. Ya hay inteligencias artificiales componiendo música o pintando cuadros¿A quién pertenecen las obras creadas por robots? ¿a los robots?

En 2017 tuvo impacto la noticia de que un ingeniero chino se había casado con una mujer robot diseñada por él mismo. Más allá de la ridiculización que podamos hacer en la actualidad de este tipo de matrimonios, en un futuro no muy lejano pueden aceptarse socialmente.

La relación con la inteligencia artificial es distante para la mayor parte de la población, pero ya hay algunos que se están preparando para la singularidad tecnológica creando partidos políticos y movimientos que piensan estrechar lazos con los futuros robots inteligentes. El transhumanismo es una corriente que defiende la transformación de la vida humana, evolucionando hacia una especie de ciborgs que combinen lo mejor de nuestra biología con el poder de la tecnología más avanzada. En la actualidad ya hay personas que son «ciborgs», ya que dependen de la tecnología para cumplir alguna función biológica, pero lo que propone el transhumanismo va mucho más allá, proponiendo transformar la condición humana y mejorar las capacidades humanas. Ya hay un candidato a la presidencia de Estados Unidos que es transhumanista, y en España también existe un partido transhumanista llamado Alianza Futurista. De nuevo, bajo nuestra óptica todo esto parece una locura, pero no deberíamos infravalorar nuestra propia capacidad para evolucionar tecnológicamente. De hecho, parece inevitable que lo hagamos.

Hacia la inevitable singularidad tecnológica

Como dice el neurocientífico y filósofo Sam Harris, teniendo en cuenta lo valioso que son el conocimiento y la tecnología, el ser humano nunca dejará de buscar mejoras en esos campos. El ser humano nunca dejará de progresar tecnológicamente. Nunca ningún gobierno, empresa o institución internacional recomendaría dejar de aprender, dejar de extender las fronteras del conocimiento o dejar de innovar. No concebimos la posibilidad de dejar de hacer mejoras en nuestra tecnología de manera permanente. De esta manera, parece evidente que el ser humano va a seguir progresando tecnológicamente, haciendo sus máquinas cada vez más inteligentes. Lo que nos lleva, inevitablemente, a que tarde o temprano acabaremos desarrollando ordenadores, programas, máquinas y tecnologías más inteligentes que nosotros.

En realidad no importa el momento en el que ocurra o la rapidez del proceso, lo importante realmente es el hecho de que ocurrirá. Llegará tarde o temprano, pero llegará. Ese momento en el que se de la singularidad, y en el que el ser humano no sea el ser más inteligente del planeta. En un escenario en el que máquinas inteligentes sean capaces de crear otras máquinas inteligentes, el ser humano podría sufrir una especie de marginación intelectual, debido a que sería intelectualmente inferior a los robots.

Algunas de las razones que cita Sam Harris para apoyar la idea de que el ser humano alcanzará inevitablemente la creación de inteligencias artificiales superiores son estas:

  • El ser humano no se encuentra actualmente en su pico de conocimiento ni de desarrollo. No estamos todavía explotando nuestras capacidades intelectuales ni tecnológicas en todo su potencial. Por lo tanto el ser humano seguirá mejorando estas capacidades, enunciando mejores teorías que expliquen el Universo, conociendo mejor la Naturaleza… y construyendo mejores tecnologías.
  • La industria de la inteligencia artificial reporta enormes beneficios económicos. Un factor clave para que las empresas sigan promoviendo avances en este campo, creando un escenario de competición continua que sin duda acelerará los seguros progresos tecnológicos. El primero que consiga crear una superinteligencia artificial habrá ganado la partida. Una peligrosa carrera hacia la singularidad.

La cadena trófica a nivel tecnológico

¿Por qué somos mejores que los monos? ¿por qué un chimpancé es superior a un escarabajo? ¿por qué un delfín está por encima de una sardina? La respuesta parece estar en la superioridad física, pero es la inteligencia el factor que define la posición en la pirámide de poder animal. Lo que hace poderosos a los seres humanos sobre otras especies no son sus músculos o sus capacidades físicas, sino su inteligencia, su capacidad intelectual.

Que nuestro cerebro sea más inteligente que el cerebro de un delfín o de un chimpancé nos ha permitido acumular cultura y experiencia de generación en generación, y así inventar tecnologías y una organización social complejas. Pero estos atributos que ahora nos ponen en una posición espacial podrían pertenecer luego a las máquinas inteligentes del futuro, que podrían superarnos drásticamente en esa inteligencia que permite la innovación tecnología, la organización compleja, la planificación a largo plazo, etc.

Las capacidades de aprendizaje y planificación son dos habilidades que otorgan inteligencia. Las especies que han conseguido aprender de la experiencia y planificar pensando en el futuro demuestran tener una inteligencia superior. Por el momento las máquinas no son capaces de hacerlo partiendo de cero, es decir, siguen necesitando a un programador humano que les otorgue una serie de datos con los que empezar a trabajar. Cuando consigamos crear algoritmos que sean capaces de aprender como lo hace un bebé humano, entonces estaremos muy cerca de crear inteligencias artificiales avanzadas.

Según Sam Harris, la inteligencia es producto del procesamiento de información. Las máquinas tienen cantidades enormes de información, son capaces de procesarla y almacenarla mucho mejor que los humanos, por lo tanto: ¿las máquinas tienen inteligencia?

En 2011 el famoso concurso Jeopardy tuvo un ganador inusual. Un robot llamado Watson y cargado con una inteligencia artificial diseñada por IBM venció a los demás concursantes demostrando una cultura casi infinita y, lo que es más sorprendente, la capacidad de reconocer el lenguaje humano. Sin duda este hecho fue un paso importante para conseguir inteligencias artificiales complejas.

El momento de singularidad se apoya en argumentos como el potencial de una máquina superinteligente, que excede por mucho a las capacidades humanas. Atendiendo meramente a descripciones y cualidades físicas, comprobamos que las máquinas tienen las de ganar. Básicamente porque el umbral en el procesamiento de información en una infraestructura artificial se encuentra mucho más allá de los límites del tejido biológico. Para empezar, una neurona biológica manda impulsos a unos 200 hertz, 200 veces por segundo, mientras que incluso un transistor actual opera a la frecuencia de los gigahercios. Las neuronas propagan el impulso lentamente a lo largo de los axones, a un máximo de 100 metros por segundo, pero en los ordenadores, las señales pueden viajar a la velocidad de la luz. Además, hay diferencias físicas relativas al puro tamaño: un cerebro humano tiene que caber dentro de un cráneo, pero un ordenador puede ser del tamaño de un almacén o un edificio.

Teniendo todo esto en cuenta y dando por hecho que la singularidad llegará en algún punto de la historia humana, podemos tratar de apuntar algunas ideas de cómo podría ser ese escenario futuro. Como muchos esperábais, es hora de hablar de Terminator, Matrix y el Apocalipsis. Y no son imaginaciones de agoreros que hablan en canales de historia frikis, sino apuestas de mentes brillantes y estudiosas como la de Stephen Hawking, que asegura que «el desarrollo total de la inteligencia artificial podría propiciar el fin de la raza humana», o Elon Musk, que advierte que «liberar energía es fácil: lo difícil es contenerla».

Debemos preguntarnos: ¿Sabremos contener el poder de la inteligencia artificial? Se ha demostrado que, a medida que la tecnología mejora, crece su potencial destructivo, y la clave está en el uso que el ser humano hace de ella. Uno de los escenarios que se quiere evitar es que la tecnología con capacidad destructiva caiga en manos de grupos terroristas: no queremos que tengan el poder de destruir nuestra red informática, de acceder a nuestros datos o de diseñar armas autónomas. Pero en un estadio más avanzado, cuando hayamos sido capaces de desarrollar esta tecnología sin que ningún humano con malas intenciones se aproveche de ella, ¿cómo asegurar que la propia tecnología no se volverá contra nosotros?

Todo es cuestión de perspectiva. No debemos ver a los robots superinteligentes como seres malvados y con ansias de dominar el mundo, sino más bien ponernos en su lugar. ¿Cómo actuamos nosotros ante una hormiga? ¿cómo tratamos a los animales que nos acompañan en este planeta? Son inferiores a nosotros, y los vemos bajo esa óptica. Les podemos tratar bien o mal, pero siempre desde una posición de superioridad y atendiendo a nuestras preferencias. Lo mismo podría ocurrir con las IA, que llegaran a vernos como nosotros vemos a un chimpancé. Sin malas intenciones (todo lo contrario, buscando preservar el mundo y la raza humana), los robots superinteligentes podrían considerar que lo mejor es limitar la población humana, exterminando a unos cuantos millones de personas. Según los cálculos perfectos de los robots, esa decisión sería la mejor entre todas las posibilidades, y beneficiaría tanto a humanos como a máquinas. Esto desde nuestra perspectiva sonaría horrible, pero desde el punto de vista de la IA podría ser la mejor estrategia para el bienestar general.

El ejemplo utilizado lleva al extremo lo que podría ocurrir, y la clave es entender que podemos llegar a un futuro en el que las situaciones y acciones se vean determinadas por las preferencias de las superinteligencias. Al ser los seres más inteligentes y poderosos, hay pocas razones que inviten a pensar que no harían uso de esa posición de superioridad para imponer sus ideas y políticas.

De nuevo, hay que hacer un ejercicio de empatía con los robots superinteligentes. Pensemos cómo vemos a un escarabajo que se cruza en nuestro camino, qué pensamos de los estúpidos monos que se comen las pulgas… ¿a caso no nos creemos seres infinitamente superiores? ¿a caso no es así como nos ven los demás animales del planeta? Pues hora imaginad un mundo en el que el ser humano no es el animal más inteligente del planeta.

Las capacidades de las IA serán algunas como el aprendizaje más rápido, el trabajo infatigable, habilidades sin error, replicación más numerosa, inmutabilidad emocional… una serie de características que les harán efectivamente superiores a los humanos. Entonces, ¿qué futuro nos espera? ¿Esclavitud de las personas? ¿destrucción del ser humano? ¿dominio total de las maquinas? Un mundo como el de Matrix, donde hombres y máquinas luchan y destruyen el planeta, puede sonar demasiado apocalíptico, pero existe un precedente muy utilizado por los catastrofistas: en 2007 un cañón robotizado mató por error a nueve soldados en Sudáfrica. Evidentemente no lo hizo a propósito, pero la alarma se extiende entre la población: ¿qué harán las armas automatizadas cuando sean inteligentes? ¿cómo seleccionarán sus objetivos? ¿atacarán a población civil para acabar con un terrorista?

En Enero de 2015 una serie de personalidades firmaron un manifiesto advirtiendo de los peligros de la IA, y Hawking ya previó que «los humanos, limitados por una evolución biológica lenta, no podrán competir y serán superados».

El mayor reto: robots inteligentes… y emocionales

Que conseguiremos diseñar robots inteligentes parece seguro, el reto es crear sistemas artificiales alineados con los valores humanos, y que siempre hagan lo que nosotros queremos que hagan. La pregunta es cómo codificaremos las máquinas para que nunca se vuelvan contra la humanidad.

En 1942 Isaac Asimov propuso una serie de leyes que debían incorporarse a los algoritmos que viajan por el sistema de circuitos y microchips que componen los cerebros positrónicos de los robots. Estas leyes establecen lo siguiente:

  1. Un robot no hará daño a un ser humano, ni permitirá con su inacción que sufra daño.
  2. Un robot debe cumplir las órdenes dadas por los seres humanos, a excepción de aquellas que entrasen en conflicto con la primera ley.
  3. Un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que esta protección no entre en conflicto con la primera o con la segunda ley.

Los programadores tendrán que descubrir cómo introducir los valores humanos en una maquina para que no solo siga al pie de la letra nuestra peticiones y órdenes, sino que además entienda la intención tras ellas. No será sencillo escribir esos algoritmos, pero Ian Winfield ya ha demostrado que un robot puede actuar éticamente sin entender nada de ética o moral: puso a una máquina en una situación extrema de tener que salvar a dos personas en peligro de muerte. En vez de escoger una de ellas, el robot automáticamente se decidió por rescatar a las dos.

En el caso de poder crear una IA perfecta, capaz de extrapolar las intenciones que tenemos los humanos, entonces no tendremos de qué preocuparnos. Además, si la inteligencia artificial termina siendo capaz de hacer todo o buena parte de nuestro trabajo intelectual mejor que nosotros, entonces Nick Bostrom asegura que tendremos en nuestras manos el último invento que tendrá que realizar la humanidad.

Si conseguimos crear una IA súper-inteligente, con buenas intenciones, con ética y moral, que no nos haga daño, que nos obedezca, que no destruya a la Humanidad, que funcione con energía solar y que sea servicial… entonces el futuro que se abre ante nosotros es el de Wall-E. En ese momento de singularidad el ser humano ya no tendrá que seguir pensando, innovando, creando, estudiando… el trabajo intelectual lo harán las máquinas. Contando con que del trabajo físico ya se habrán encargado previamente, ya no habrá tareas para las personas.

Estaremos de vacaciones, leyendo, viendo la televisión, haciendo deporte y disfrutando de la vida. Suena muy bien, pero esa sociedad futura se enfrentará a problemas como el desempleo o la obesidad y a debates existenciales profundos. Podremos estar todo el dia jugando a videojuegos, que no se distinguirán mucho de la vida real, y quizás recemos a un Dios digital, a un programa informático, como ya hacen los seguidores de la nueva religión Way to the Future. Que este futuro sea ciencia o ficción depende de nosotros mismos. ¿Hacia dónde vamos como sociedad si seguimos progresando?

Atlántida: La Historia Jamás Contada

Escrito por Félix Román Negrín Rodríguez para Periodismo Alternativo

Mucho se ha hablado de este episodio de la Atlántida, y documentales afines que han relatado lo que ocurrió, lo que ha acontecido, supervivientes de este místico continente han dejado huellas por todo el planeta. La Atlántida continúa siendo en la actualidad un enorme desafío, y un misterio por descubrir.

¿Pero que sabemos con certeza sobre su historia? ¿su arquitectura y ciencia? ¿es posible precisar donde se encontraba exactamente? ¿porqué desapareció? ¿Qué tipo de civilización existía?. Se han planteado infinidad de hipótesis para demostrar la existencia de un continente que con el paso del tiempo ha llegado a convertirse en arquetipo de una civilización ideal.

La Atlántida siempre resuena ante nuestros oídos como un viaje épido hacia el descubrimiento de nuestros orígenes, su nombre continúa siendo un misterio, estímulo de nuestra imaginación.

La Atlántida siempre está a nuestro alrededor, en nuestras mentes, como sugirió el escritor inglés John Michell, no se trata de un mero recurso retórico. La presencia de numerosos restos arqueológicos y megalíticos en muchas zonas de nuestro planeta levantados con orientaciones astronómicas muy precisas supuestamente anteriores a la Edad de Piedra, sugieren que una civilización de grandes astrónomos e ingenieros precedió a la prehistoria humana.

¿Fueron erigidos por quienes sobrevivieron a un gran cataclismo, o por sus descendientes?. Pese a sus errores los psíquicos informan con frecuencia sobre sucesos a los que no tienen acceso los historiadores, ya que se apoyan en vías de información que no están limitadas por el tiempo, ni por el espacio, por otra parte el material canalizado encaja con algunas de las fuentes tradicionales relativas a la civilización Atlánte.

Helena Petrovna (1831-1892) sobre el mundo Atlante supuestamente obtenidos a partir del estudio de las tradiciones ocultistas orientales, y mediante comunicaciones con otros planos influyeron poderosamente a toda la corte de videntes posteriores.

Algunas de sus propuestas resultaban absurdas y descabelladas en su época pero un siglo después han recobrado vigor, por ejemplo la de que seres inteligentes anteriores al hombre coexistieron con los dinosaurios parece cada vez más probable a la vista de los inexplicables hallazgos de huellas y fósiles humanoides, correspondientes a aquella época en diversas zonas de nuestro planeta.

Por ejemplo el doctor C.N. Dougherty descubrió en el año 1971en el Valle de los Gigantes (Texas EE.UU.) numerosas huellas de Saurios de diversas especies, junto a otras de pies humanos de gran tamaño en el mismo estrato geológico. El mapa de la antigüedad de nuestro planeta y el esquema de la evolución humana resultan más que discutibles. Pero a medida que van aflorando fósiles humanos, cada vez de mayor antigüedad parecen ir confirmándose algunos de sus datos.

Es preciso señalar no obstante que las Razas Raíces, no se corresponden con nuestro concepto habitual de raza, ni siquiera con el de humanidad ya que la primera sólo habría existido en el plano astral. La segunda se acercaba más a los hombres actuales pero, estaba muy vinculada con el plano etéreo, y habitaba el norte de Asia y parte del Ártico. En tercer lugar estaban los habitantes de Lemuria desaparecida en el Pacífico.

La humanidad actual sería la quinta raza, mientras que la cuarta correspondería a los Atlantes, eran muy altos, estaban divididos en dos sexos y su avanzada civilización habría dado origen a las conocidas por nosotros. Sin embargo, al igual que Lemuria su sociedad fue destruida por diversos cataclismos.

Según los teósofos las razas sexta y séptima que nos seguirán serán de nuevo más etéreas. La historia de este continente perdido, sepultado bajo el mar puede ser algo más que una leyenda, en los últimos años la megalópolis que tan detalladamente describió Platón ha vuelto a ser tomada en serio por varias instituciones científicas, aunque como ocurre siempre en los hechos tan antiguos, los datos contradictorios y los ropajes de ficción hacen difícil llegar a conclusiones, para muchos expertos modernos, historiadores, y geólogos. Es posible que las narraciones sobre esta ciudad-estado o isla continente tengan una base real.

Algunos intérpretes posteriores del creador de la teoría de las ideas han querido ver solo una metáfora con respecto a este fenómeno. A lo largo de nuestra historia han aparecido numerosas hipótesis sobre la localización que tuvo la Atlántida, las causas o motivo de su desaparición, y la naturaleza de su civilización, algunas se basan en la investigación histórica y arqueológica, otras pretenden ser científicas, mientras otras son manifiestamente pseudocientíficas y esotéricas.

Otras se basan en fenómenos paranormales o la intervención de alienígenas para tratar de explicar la destrucción de las tierras atlantes y de sus construcciones, y la escasez de restos arqueológicos.

La hipótesis más aceptada hasta el momento propone que la Atlántida nunca existió físicamente, el biólogo y submarinista francés Jacques Cousteau, y el profesor J.V. Luce (sobre una tesis de K.T. Frost, publicada a principios del siglo XX) la Atlántida seria el recuerdo deformado de la civilización minoica (o cretense). Algunos consideran que esta civilización fue destruida tras la erupción del volcán de la isla Thera o Santorini alrededor de 1640 a C. esta erupción causó un tsunami que barrió las costas del Egeo, si bien; hay acuerdo en que la catástrofe dañó gravemente al imperio minoico.

No se trata de determinar si la Atlántida existe, o es solo un mito o leyenda, ni de localizarla de una vez por todas, lo que sería muy presuntuoso, pero una historia de más de 2500 años, lo que se pretende es recapitular hipótesis, examinar las fuentes de inspiración de la leyenda Actualmente no hay consenso entre los arqueólogos acerca de la vinculación entre la erupción y el fin de la civilización minoica.