El problema de la colapsología

Por Nicolas Casaux / legrandsoir.info

Calificar la sociedad de termoindustrial permite asimismo desdeñar todo lo que ya sucede en materia de coerciones y reclutamientos, y que no contribuye, o no mucho, al agotamiento de los recursos energéticos. Con mucho gusto se pasa esto por alto, máxime cuando uno mismo es cómplice, en la educación pública o en otro sitio. Atribuir todos nuestros males a la naturaleza “termoindustrial” de esta sociedad es por tanto bastante cómodo, al mismo tiempo que simplista, para saciar el apetito crítico de mentecatos y cretinos arribistas, últimos residuos del ecologismo y del “movimiento asociativo”,que constituyen las bases del decrecimiento […]”. – René Riesel y Jaime Semprun, “Catastrofismo, administración del desastre y sumisión sostenible”Pepitas de Calabaza, marzo de 2011.

France Culture, Le Monde, Le Point, Les Echos, Libération, Mediapart, LCI, L’Obs, son algunos de los principales medios de comunicación que han decidido promover la tendencia relativamente reciente de la “colapsología”.

“Colapsología” – un neologismo derivado del latín lapsus que significa “caída”, inventado (“con cierta burla de sí mismos”) por los investigadores Pablo Servigne y Raphaël Stevens en su libro “Cómo puede derrumbarse todo, un pequeño manual sobre colapsología para las generaciones actuales” (Seuil) – significa, siempre según ellos ..: “El ejercicio transdisciplinario de estudiar el colapso de nuestra civilización industrial, y lo que podría seguir, basado en los dos modos cognitivos de la razón y la intuición, y en el trabajo científico reconocido. »

Detrás de esta definición un tanto nebulosa, la colapsología se caracteriza – en las publicaciones asociadas a ella, como el libro de Pablo Servigne y Raphaël Stevens, las conferencias que organizan o que otras personas proponen sobre este tema – por perspectivas y análisis a veces contradictorios, o demasiado limitados.

En conjunto, corresponde a una reflexión que admite la inevitabilidad del colapso de la civilización “termoindustrial”, que la considera como un drama, como una “catástrofe” (Pablo Servigne y Raphaël Stevens en su citado libro), y que implica “lamentarse por nuestra civilización industrial” (ibid.). La constatación de que la civilización industrial no es viable, que está condenada a la autodestrucción, constituye, a sus ojos, “un enorme choque que desata pesadillas” (ibíd.), “malas noticias” (ibíd.). Incluso citan a Jean-Pierre Dupuy a este respecto: “Debido a que el desastre es un destino nefasto, debemos decir que no lo queremos y mantener los ojos fijos en él, sin perderlo nunca de vista”.

Pero antes de seguir examinando este aspecto del colapso, un recordatorio: más allá del famoso Informe Meadows de 1972 sobre “los límites del crecimiento”, muchas corrientes colectivas e individuales se dieron cuenta y denunciaron la insostenibilidad de la civilización industrial hace mucho tiempo, y muy a menudo sin haber necesitado, para ello, una avalancha de ” gráficos “, ” datos ” y ” estudios científicos “. El sentido común era suficiente.

Un ejemplo es Aldous Huxley en un ensayo de 1928 titulado “Progress : How the Achievements of Civilization Will Eventually Bankrupt the Entire World” (Progreso: Cómo los logros de la civilización acabarán por arruinar todo el mundo), publicado en un antiguo número de la revista Vanity Fair, para el que escribía en ese momento:

“Es probable que la colosal expansión material de los últimos años sea un fenómeno temporal y transitorio. Somos ricos porque vivimos en nuestro capital. El carbón, el petróleo y los fosfatos que utilizamos tan intensamente nunca serán reemplazados. Cuando se agoten las reservas, los hombres tendrán que prescindir de ellos… Se sentirá como un desastre sin precedentes”.

En Francia, anarquistas naturalistas de finales del siglo XIX, muchos ecologistas del siglo XX (podemos pensar en los del periódico La Gueule Ouverte), situacionistas, los autores de la Enciclopedia de las Nuisances, y muchos otros (Bernard Charbonneau, Jacques Ellul, Ivan Illich, etc.), muchos nos han advertido desde hace tiempo de la insostenibilidad de la civilización industrial.

Así lo escribió Pierre Fournier en el periódico Hara-Kiri Hebdo del 28 de abril de 1969:

“Mientras nos divierten con las guerras y las revoluciones que se suceden repitiendo siempre lo mismo, el hombre, mediante una explotación tecnológica incontrolada, hace inhabitable la tierra, no sólo para sí mismo, sino para todas las formas de vida superiores. El paraíso de los campos de concentración que se está gestando y que estos malditos tecnócratas nos prometen nunca verá la luz del día porque su ignorancia y desprecio por las contingencias biológicas lo cortarán de raíz”.

Durante su estancia en los Estados Unidos, el historiador y sociólogo estadounidense Lewis Mumford escribió, en un artículo publicado en 1972:

“A pesar de todas sus múltiples invenciones, la economía tecnocrática actual carece de las dimensiones necesarias para una economía de la vida, y ésta es una de las razones por las que aparecen signos alarmantes de su colapso”.

Y añadió que “es obvio que esta sociedad de la abundancia está condenada a perecer asfixiada bajo su despilfarro […]“.

Toda la obra literaria del ecologista estadounidense Derrick Jensen (y de los ecologistas de las corrientes antiindustriales y anticiviles de Francia, Estados Unidos y otros países), desde su primer libro publicado en 1995, se basa en la idea de que la civilización industrial es fundamentalmente destructiva y que, en última instancia, está destinada a la autodestrucción.

Todo esto para decir que este logro no es nuevo, que muchos individuos han tratado de exponerlo y han estado tratando de exponerlo durante mucho tiempo. Sólo que la forma en que lo hicieron y cómo lo hacen no es admisible desde el punto de vista mediático (políticamente correcto), contrariamente a la forma en que los colapsólogos discuten este tema, como veremos.

Repasemos la colapsología otra vez. Una de las razones por las que los principales medios de comunicación se permiten promoverla es que consideran el colapso de la civilización industrial como una “catástrofe”, un drama, una noticia terrible. Desde la perspectiva de la cultura dominante, que está destruyendo biomas y especies en todo el mundo para satisfacer su frenesí de crecimiento y progreso, esta perspectiva tiene sentido. Pero para todos aquellos que han superado la alienación que impone, para los pueblos indígenas de todo el mundo, amenazados de destrucción (y no de extinción) como todas las especies vivientes, para los ríos, los salmones, los osos, el lince, los lobos, el bisonte, los bosques, los corales, etc., la catástrofe es la civilización industrial, y su colapso es el final de un desastre destructivo que ha abrumado al planeta durante demasiado tiempo.

Considerar el colapso de la civilización industrial como una catástrofe es perpetuar el paradigma destructivo que la precipita. Si la cultura dominante, la civilización industrial, se dirige hacia el colapso, si destruye los ecosistemas de todo el mundo, es porque no considera el mundo natural y sus equilibrios y dinámicas como primordiales. Por el contrario, lo que considera esencial es a sí mismo, su propio funcionamiento, su crecimiento, su desarrollo, sus industrias, etc.

Es precisamente porque la civilización industrial es profunda y fundamentalmente narcisista, por lo que sólo se preocupa de sí misma, por lo que es empujada a destruir todas las demás (otras especies y culturas), todo lo que no es ella.

Así, considerar el colapso de la civilización industrial como una catástrofe es perpetuar el paradigma destructivo que la precipita, es perpetuar el narcisismo que está en el corazón de sus impulsos destructivos.

El colapso de la civilización industrial es una solución, no un problema. La salud de la biosfera es lo más importante. Más allá del aspecto de empatía elemental que debería empujarnos a preocuparnos por los demás, es también una realidad ecológica elemental. No podemos vivir sin una biosfera sana.

Sin embargo, junto a esta gran tendencia a percibir el colapso como una catástrofe, Pablo Servigne y Raphaël Stevens nos recuerdan en su libro que:

“En un texto publicado en diciembre de 2013, el cocreador del concepto de permacultura, David Holmgren, más pesimista que nunca, se preocupó por los recientes descubrimientos sobre las consecuencias del calentamiento global. Según él, la única manera de evitar daños demasiado graves a la biosfera sería ahora provocar un rápido y radical colapso del sistema económico mundial.

La propuesta ha generado una gran controversia entre los colapsólogos de todo el mundo, que está lejos de terminar…”

David Holmgren parece tener los pies en la tierra.

El principal problema de la colapsología es, por lo tanto, el narcisismo que perpetúa (el colapso como catástrofe y no la civilización industrial como catástrofe).

Este narcisismo también se observa en las preguntas que a menudo hacen los colapsólogos sobre el colapso:

“¿Cómo vives…?” (Pablo Servigne y Raphaël Stevens)

“¿Cómo vivir con todas estas tristes noticias sin hundirse o estar deprimido?” (Clément Montfort en un post publicado en Reporterre (1)

“¿Qué nos espera concretamente? ¿Cómo prepararse para ello?” (ibíd.)

Muchas de sus preguntas giran en torno a un “nosotros” que se refiere a unas pocas personas en los países ricos que temen el fin de su modo de vida destructivo, basado en la explotación sistemática de una miríada de otros, otros seres humanos y otras especies.

Otra cita del libro de Pablo Servigne y Raphaël Stevens que resalta el narcisismo de la colapsología:

“Básicamente, la verdadera pregunta que plantea el colapso de la civilización industrial, más allá de su fecha precisa, duración o velocidad, es sobre todo si nosotros, como individuos, sufriremos o moriremos temprano. Proyectada a escala de las sociedades, es la cuestión de la perennidad de nuestros descendientes, e incluso de nuestra “cultura”.

Una vez más, en lugar de preocuparse por el destino de estos otros, actualmente explotados, torturados o aniquilados por el funcionamiento normal de la civilización industrial, es el futuro de ellos mismos el que más preocupa a estos privilegiados pueblos del mundo.

Eso no es sorprendente. La mayoría de los que promueven la colapsología (y en otra medida, los que se interesan por ella) no provienen de los círculos militantes, de las luchas contra las injusticias sociales, no son de los que se rebelan contra funcionamiento normal y cotidiano -diabólicamente y fundamentalmente inicuo- de la civilización industrial. De ahí la cita introductoria de René Riesel y Jaime Semprun.

Sin embargo, en su libro, Pablo Servigne y Raphaël Stevens explican que las desigualdades son uno de los factores que se encuentra detrás de la destructividad de la civilización industrial. Desgraciadamente, en general, y sobre todo en los medios de comunicación tradicionales, de su reflexión sólo queda “la crítica ecológica de la que se elimina cualquier consideración vinculada a la crítica social” (Jaime Semprun y René Riesel).

El propósito de este artículo no es examinar todas las explotaciones, todas las coacciones, todas las enajenaciones, todas las aculturaciones, todos los reclutamientos, todos los condicionamientos, que constituyen la civilización industrial (y la civilización misma), y de la cual depende. Básicamente, recordaré simplemente que los pocos objetos que cada uno utiliza a diario lo vinculan a la explotación de una multitud de individuos y lugares del mundo (lugares formados por otros individuos no humanos, plantas, animales, etc.), de los que no sabe casi nada, y que de esta ignorancia de las consecuencias reales de su modo de vida brotan los más diversos e insospechados horrores (2). Bastaría con ver la fabricación de un teléfono móvil, un televisor, una camiseta de Nike, o un simple cepillo de dientes, o incluso un balón de fútbol, un coche, o cualquier objeto producido en masa, cualquier infraestructura industrial, para encontrar destrucción ambiental y esclavitud social.

La colapsología, al apoyarse únicamente en el “trabajo científico reconocido” (considerado como tal por la autoridad dominante de la ciencia institucional moderna), y al promoverlo, también sirve para reforzar el reinado de la pericia oficial, del “fetichismo del conocimiento cuantitativo” (Jaime Semprun y René Riesel).

[…] La catástrofe histórica más profunda y más real, la que en última instancia determina la importancia de todas las demás, reside en la persistente ceguera de la inmensa mayoría, en la dimisión de toda voluntad de actuar sobre las causas de tantos sufrimientos, en la incapacidad de considerarlas siquiera lúcidamente. Esta apatía va a resquebrajarse, en el curso de los próximos años, de manera cada vez más violenta por el hundimiento de cualquier supervivencia garantizada. Y quienes la representan y la alimentan, cultivando un precario statu quo de ilusiones tranquilizantes, serán barridos. La emergencia se impondrá a todos y la dominación tendrá que hablar por lo menos tan alto y claro como los propios hechos. Con tanta mayor facilidad adoptará el tono terrorista que le conviene cuanto que estará justificada por realidades efectivamente aterradoras. Un hombre aquejado de gangrena no está dispuesto a discutir las causas de su mal, ni a oponerse al autoritarismo de la amputación. […] Encyclopédie des Nuisances, n.0 13, julio de 1988

Este reinado de la ciencia institucional y del conocimiento cuantitativo ha sido (y es) una de las razones por las que a menudo se burlan, ignoran o denigran a quienes denuncian la insostenibilidad y la destructividad de la civilización industrial simplemente sobre la base del sentido común y la observación.

Como escriben Jaime Semprun y René Riesel en “Catastrofismo, administración del desastre y sumisión sostenible”:

“El fetichismo del conocimiento cuantitativo nos ha hecho tan necios y estrechos de miras que seremos considerados diletantes si decimos que un poco de sentido estético -pero no el adquirido en las escuelas de arte- bastó para juzgar las obras de teatro”.

Añaden, sobre la sumisión a la autoridad de los Expertos, establecida y aprobada por las instituciones científicas:

“Tal es el rigor del confinamiento industrial, el alcance de la decadencia unificada de las mentalidades que ha logrado, que aquellos que todavía tienen el aliento para no sentirse completamente arrastrados por la corriente y dicen que piensan en resistirse a ella, rara vez escapan, cualquier condena que pronuncien contra el progreso o la tecnociencia, si es necesario para justificar sus denuncias, o incluso su esperanza de una catástrofe salvífica, utilizando los datos proporcionados por la experiencia burocrática y las representaciones determinista que permiten apoyar. »

Aceptar “pensar” con las categorías y en los términos impuestos por la vida administrada” (Jaime Semprun y René Riesel, de nuevo) es someterse efectivamente a los límites, limitaciones y riesgos que ello implica. Cuyo riesgo es dar la impresión de que, puesto que las cosas se miden y se pueden medir, entonces son de alguna manera controladas y controlables.

A este respecto, otro extracto del excelente “Catastrofismo, Administración del Desastre y Sumisión Sostenible” de Riesel y Semprun:

“El culto a la objetividad científica impersonal, al conocimiento sin sujeto, es la religión de la burocracia. Y entre sus devociones favoritas, por supuesto, están las estadísticas, por excelencia, la ciencia del Estado, que de hecho se convirtió en tal en la Prusia militarista y absolutista del siglo XVIII, que también fue la primera, como señaló Mumford, en aplicar a gran escala a la educación la uniformidad y la impersonalidad del sistema escolar público moderno. Así como en Los Álamos el laboratorio se había convertido en cuartel, lo que el mundo-laboratorio anuncia, tal como lo representan los expertos, es un ecologismo de cuartel. El fetichismo de las medidas, el respeto infantil por todo lo que viene en forma de cálculo, todo esto no tiene nada que ver con el miedo al error sino más bien con el de la verdad, como el no experto podría arriesgarse a formularlo, sin necesidad de cifras. Por eso es necesario educarlo, informarlo, para que se someta de antemano a la autoridad científico-ecológica que promulgará las nuevas normas, necesarias para el buen funcionamiento del aparato social. En las voces de quienes repiten celosamente las estadísticas difundidas por la propaganda catastrófica, no se escucha la revuelta, sino la sumisión anticipada a los estados de excepción, la aceptación de las disciplinas venideras, la adhesión al poder burocrático que pretende, por coerción, asegurar la supervivencia colectiva”.

Finalmente, otro problema de colapsología, en parte relacionado con todo lo anterior, se refiere a la ingenuidad de su discurso.

Pero para entenderlo, recapitulemos. ¿Por qué todo esto es un problema?

Pues bien, si la colapsología está en la televisión y se promueve en los periódicos, es porque apenas perturba a la ideología dominante: al igual que ella, considera que el colapso de la sociedad industrial es un desastre. Además, la difusión de este mensaje en los medios de comunicación no hace sino reforzar el clima de inseguridad y miedo que garantiza una población cada vez más dócil y apática. Pan bendito para la hiperplasia mundial que se enriquece cada vez más en todos nosotros (sobre este tema, el último informe de Oxfam (3) es espantoso, como los anteriores).

De hecho, por poner un ejemplo, la intervención de Pablo Servigne en LCI se resumió en la predicción de un colapso de la civilización industrial por falta de recursos (principalmente). No hay indicios de que la civilización industrial constituya una catástrofe mortal que destruya, explote, torture y esclavice la vida cotidiana humana y no humana.

Entiendo que Pablo Servigne tiene tendencias anarquistas.

Paradójicamente, tal como están las cosas, el discurso extremadamente moderado y antropocéntrico (narcisista) de la colapsología corre el riesgo de apoyar tanto el narcisismo de los habitantes de los países ricos, que se preocuparán principalmente por su propio destino, su propia supervivencia, como la sumisión a las medidas gubernamentales y estatales que el discurso dominante afirma y afirmará cada vez más que permiten y que permitirán si no lo hacen.

Iniciativas como la de la Notre-Dame-des-Landes ZAD no emanan, o al menos no sólo y no principalmente, de una preocupación narcisista, sino que emanan de un deseo de poner fin a la catástrofe industrial, de defender el mundo natural y todos aquellos otros que la civilización ignora y desprecia. Forman parte de una lógica conflictiva de oposición al Estado (y a la civilización industrial en general).

Actualmente (y en los años venideros), el desarrollo de las tecnologías denominadas “renovables” (solar, eólica, presas, biomasa, etc.) es una prioridad, y las altas tecnologías en general se intensificarán (4), un aumento, unas prácticas extractivas y una explotación de los “recursos naturales” en general (en nombre del “crecimiento verde (5)” y/o del “desarrollo sostenible”), que corresponderán a un agravamiento significativo del impacto medioambiental de la civilización industrial. Entre otras cosas, porque la energía solar y eólica industrial requiere metales y minerales raros que se encuentran en cantidades limitadas y sólo en ciertas partes del mundo. La extracción, procesamiento y explotación de estas materias primas ya está generando un desastre ecológico (6).

Entre otras cosas, porque la energía solar y eólica industrial requiere metales y minerales raros que se encuentran en cantidades limitadas y sólo en ciertas partes del mundo. La extracción, procesamiento y explotación de estas materias primas ya está generando un desastre ecológico”.

Los estados del mundo y sus líderes (directores generales y políticos) conocen estos problemas ambientales y no les importa, era lo que se esperaba. Los líderes estatales saben que esto podría crear nuevos conflictos internacionales. Dicen que están preparados para hacer frente a esta eventualidad, como puede verse en un informe de oficio del Parlamento publicado en la página web del Senado (7) y titulado “Strategic issues of rare earths and strategic and critical raw materials”.

A nivel mundial, la militarización del mundo está aumentando, también debido a las predicciones de las migraciones humanas masivas que el cambio climático causará, y a la futura escasez o agotamiento de varios recursos estratégicos (incluyendo la tierra misma, el agua, etc.).

Las injusticias a gran escala continuarán y empeorarán.

Más que nunca, si queremos defender el mundo natural de los asaltos que está sufriendo y sufrirá en los próximos decenios, necesitamos una resistencia organizada, que asuma un conflicto deliberado con el Estado, como nos ha demostrado Notre-Dame-des-Landes.

Las iniciativas de individuos del mundo rico que buscan aumentar la resiliencia de sus comunidades (al estilo de las Ciudades en Transición) a través de paneles solares y turbinas eólicas industriales sólo apoyarán el extractivismo de los estados y las corporaciones y la explotación de los esclavos modernos en todo el mundo y especialmente en los países pobres.

Las iniciativas de individuos del mundo rico que buscan aumentar la resiliencia de sus comunidades (al estilo de las Ciudades en Transición) a través de paneles solares y turbinas eólicas industriales sólo apoyarán el extractivismo de los estados y las corporaciones y la explotación de los esclavos modernos en todo el mundo y especialmente en los países pobres”.

No sabemos cuándo ocurrirá un colapso. Pero sabemos que las cosas van mal en estos momentos y que empeorarán durante algún tiempo.

Para quienes luchan contra el conjunto de las explotaciones e injusticias que conforman la civilización industrial, la perspectiva de su colapso es sólo una esperanza lejana. Así como para quien lucha contra la acumulación de destrucciones ecológicas que la componen. Para ellos, el colapso es un acontecimiento esperado con impaciencia.

Anteriormente, dije cómo los colapsólogos tienden a ver el colapso venidero como un desastre. Así es en la mayoría de los casos. Pero no siempre. En su libro, Pablo Servigne y Raphael Stevens, además de la tímida referencia a la posición de David Holmgren, sugieren de vez en cuando que el colapso de la sociedad industrial será una especie de liberación.

Esta ambivalencia, esta incapacidad de saber lo que constituye una catástrofe, de la civilización industrial o de su colapso, va unida a la incapacidad de mantener un discurso claro y coherente sobre lo que debe emprenderse.

En la serie del sitio web NEXT, producida por Clément Montfort sobre el tema de la colapsología está preocupada, como la mayoría de los colapsólogos, tanto por los desastres ecológicos que genera la civilización industrial (las ” devastaciones biológicas de los ecosistemas “) como por el colapso de esta civilización ( ” los riesgos de colapso de nuestra civilización “). El episodio en el que Yves Cochet es entrevistado, por ejemplo, sólo discute la perspectiva de colapso para los seres humanos que viven dentro de la civilización industrial; habla de “acontecimientos dramáticos”, de un “cierto colapso”, de “algo tan atroz como el colapso puede ocurrir”, de una “realidad catastrófica que nos espera”, y cosas por el estilo. Después de lo cual tenemos el privilegio de descubrir cómo el Sr. Cochet se las arregla para vivir con esta idea del colapso (“¿Cómo se las arregla usted personalmente, a diario, para vivir con esta idea del colapso?”).

Esta confusión en cuanto a lo que realmente importa, esta espantosa propensión a considerar que es de alguna manera tan problemático y triste ver el mundo natural destrozado como concebir el colapso de la monocultura globalizada que lo está destruyendo, es típica de la confusión cultural e ideológica sobre la que se construyó la civilización industrial y que todavía se mantiene.

Peor aún, de hecho, esta serie se centra en gran medida en el narcisismo de la gente civilizada y se centra principalmente en la catástrofe que el colapso representará para los habitantes de los países ricos y para los miembros de la civilización industrial en general.

Además, en el episodio 4, titulado “Bercy invita a los colapsólogos”, seguimos a Pablo Servigne y Raphaël Stevens, que se dirigen al Ministerio de Economía y Finanzas, en octubre de 2016, para participar en una reunión del Consejo General de Economía organizada por un tal Dominique Dron, que trabaja allí y que aparentemente aprecia mucho su libro. Y nos enteramos de que “durante esta reunión, una veintena de expertos del Estado asisten a su presentación” y que “el Consejo General del Ministerio de Economía prepara opiniones e informes de expertos para los ministros solicitantes”. Si Dominique Dron ha apreciado su libro es porque su contenido “era muy interesante para nuestra actividad en materia de riesgos”, para “el trabajo de la sección “seguridad-riesgo” que trata de la “ciberresistencia” (que pretende garantizar “sistemas digitales resistentes”), sino también “riesgos de suministro de energía”, y otras cosas en “energía, industria, telecomunicaciones digitales, servicios financieros”. Tenemos aquí, al mismo tiempo, una colaboración con los servicios del Estado, que confirma la ausencia de espíritu crítico de estos colapsólogos, su simpatía por el Estado (lo que probablemente invalida mi observación sobre las tendencias anarquistas de Pablo Servigne), y una ilustración de cómo la colapsología puede servir para fortalecer al Estado frente a los múltiples riesgos que enfrenta y en los que incurrirá en el futuro.

Y sin embargo, en el episodio 5, Yves Cochet habla de los zadistas y de los que luchan contra diversos proyectos estatales y empresariales como “precursores”. ¿Ayudar al Estado o luchar contra él? Realmente no lo sabemos. Ambos, aparentemente.

El artículo del periódico Le Monde sobre la colapsología publicado a principios de este año 2018 presenta, obviamente, el colapso de la civilización industrial como una catástrofe, a la vez que promueve, a través de Jared Diamond, la mentira racista del pesimismo antropológico, que consiste en una burda afirmación según la cual “el hombre siempre se ha comportado de manera devastadora en sus relaciones con todo lo que vive”. Y pasar al olvido de la historia -escrita por los vencedores- a todos aquellos pueblos que vivieron de una manera si no totalmente sostenible, al menos infinitamente más sostenible que los civilizados que los masacraron. Por no hablar de los que aún existen en la actualidad, en la India, el Amazonas, Oceanía, África y otros lugares (desde los Jarawas hasta los Penan, pasando por los pigmeos), y que la civilización industrial está destruyendo lentamente.

Una manera de justificar y racionalizar lo abominable con el pretexto de que es simplemente la naturaleza humana (esta naturaleza humana es, en realidad, sólo una invención occidental, como nos recuerda acertadamente el mariscal Sahlins).

En otras palabras, tal como están las cosas, la colapsología refuerza la identificación tóxica de la mayoría de las personas que viven dentro de la civilización industrial con esta cultura mortal, en lugar de fomentar su identificación con el mundo natural. Por lo tanto, sirve a los propósitos destructivos del estado y de los principales medios de comunicación, su propaganda, la cultura dominante, mucho más de lo que sirve al planeta y a todas las especies vivientes.

Sólo cabe esperar que sus promotores clarifiquen su perspectiva, que se liberen del hedor tóxico de la cultura dominante que les impide adoptar una postura más decidida, que integren la crítica social en su análisis, que adopten una perspectiva más integral, biocéntrica o ecocéntrica, uniéndose así inequívocamente al campo de los que luchan contra la “guerra contra el mundo viviente” que acarrea la civilización industrial, según la expresión de George Monbiot.

Nicolas Casaux

Referencias:

1. https://reporterre.net/La-web-serie-qui-raconte-l-effondrement-de-notr…

2. http://partage-le.com/2017/12/8414/

3. https://reporterre.net/Le-nombre-de-milliardaires-a-connu-en-2017-sa-p…

4. Voir cet article que j’ai récemment publié, « La transition anti-écologique : comment l’écologie capitaliste aggrave la situation » : http://partage-le.com/2017/09/7654/

5. Pour en savoir plus sur la nuisance de la croissance verte, vous pouvez lire ce texte de Philippe Bihouix, « Du mythe de la croissance verte à un monde post-croissance » : http://partage-le.com/2017/09/du-mythe-de-la-croissance-verte-a-un-mon…

6. Voir le nouveau livre de Guillaume Pitron du Monde Diplomatique dont parle ici le magazine les Inrockuptibles : https://www.lesinrocks.com/2018/01/06/livres/un-livre-revele-la-plus-f…

7. http://www.senat.fr/rap/r15–617–1/r15–617–1.htm

Visto en : Noticias de abajo

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