Las Catacumbas de los Capuchinos: cuando el arte son los propios difuntos

 “Yo soy la Resurrección y la Vida, el que cree en mí no morirá eternamente”

Por Viajando por el mundo con Edmundo Fayanás  / Nuevatribuna.es

Es la cita del Evangelio de San Juan que en grandes letras negras sobre muro blanco recibe a los visitantes de esta particular galería en la que el arte son los propios difuntos.

Son unas catacumbas ceremoniales, situadas en la ciudad de Palermo. Las catacumbas contienen aproximadamente ocho mil momias, y están divididas en secciones: sacerdotes, niños, vírgenes, monjes, profesionales, hombres, mujeres y ancianos.

Las catacumbas están situadas bajo un monasterio de la Orden de los Hermanos Menores Capuchinos, que fue originalmente un cementerio en el siglo XI, y en el que los monjes excavaron criptas subterráneas.

La tradición cuenta que la primera persona en haber sido enterrada en estas catacumbas fue el fraile franciscano Silvestro de Gubbio, en 1599 y, si bien originalmente estaban reservadas sólo para albergar los cuerpos de los frailes fallecidos en el convento, con el tiempo las familias de Palermo cercanas a la comunidad franciscana pidieron a los frailes que recibiesen también a los cuerpos de sus familiares, para que así reposasen eternamente en suelo santo. De esta forma se comenzaron a enterrar en las catacumbas a los palermitanos que podían costearse el costoso proceso de momificación que descubrieron los monjes.

Este cambio de enterrar a todos fue debido a que se traslado el convento a la periferia de la ciudad, donde tenían que construir capillas a expensas de algún benefactor que a veces les cedía un edificio con la condición de que fueran enterrados en ellos, reservándose así el derecho de sepultura.

Por un Decreto de la Santa Sede de 1637 se concedió permiso a los capuchinos para enterrar en sus cementerios a extraños de la Orden. Así se cumplía el deseo de los fieles de reposar cerca de las reliquias de los santos y en la Iglesia pensando que así estarían también más cerca de la oración y en lugar santo.

Las actuales catacumbas proceden del año 1599, cuando los frailes comenzaron a excavarlas y ampliarlas bajo el altar mayor por varios motivos: primero porque el lugar primitivo resultaba ya insuficiente y segundo porque decidieron trasladar los restos de los hermanos allí enterrados para dejar un lugar vacío que, debidamente acondicionado, sería utilizado como refugio y hospital para los viajeros que llegaban a Palermo de noche y no podían entrar en la ciudad cuyas puertas se cerraban herméticamente. Así, la primitiva cripta se transformó en hostería y hospital o refugios de viandantes.

La gran sorpresa de los capuchinos fue que al ir a retirar los restos óseos de los enterrados para trasladarlos a las nuevas sepulturas de la catacumba, hallaron que los cuerpos de cuarenta de ellos se conservaban con la carne flexible aunque momificada, como si hiciese poco tiempo que hubiesen muerto.

Esto fue a causa de la sequedad del terreno y las corrientes de aire. Pero además, los capuchinos desarrollaron una serie de técnicas especiales de embalsamamiento que les permitían conservar los cuerpos en buenas condiciones, evitando la putrefacción.

Estos cuerpos habían sido enterrados siguiendo su costumbre, sin caja, directamente en la tierra, como los musulmanes, en nichos excavados en las paredes. Trasladaron los cuerpos a sus nuevos refugios y, a medida que hacía falta, iban excavando nuevas galerías subterráneas, así como nichos en sus muros donde colocaban los cuerpos de los frailes fallecidos.

La ropa de las momias relata algunos siglos de elecciones de moda. Puedes ver a las vírgenes con coronas de flores y soldados muertos en uniforme. Algunos de los cuerpos aún tienen la piel disecada sobre sus manos y rostros. Algunos yacen en los estantes, mientras que otros están apoyados verticalmente, sus bocas se contraen en lo que parece un grito. 

Inicialmente todos los cuerpos tenían ojos de cristal que los soldados estadounidenses saquearon tras el desembarco en Sicilia durante la II Guerra Mundial.

La mayoría de las momias expuestas en las catacumbas datan del siglo XIX. Ataviados con sus mejores galas, las momias se colocaban en hileras, de pié, tumbadas o colgadas y ordenadas por sexo, edad y condición social. El escritor Guy de Maupassant describía con horror la experiencia que le produjo la visita a las catacumbas de los capuchinos de Palermo.

El antropólogo biológico Darío Piombino-Mascali asegura que estas expresiones torturadas no tienen nada que ver con el estado emocional del difunto; es solo un efecto natural de la descomposición.

¿Cómo se embalsamaban?

Básicamente los pasos que llevan a la conservación de los cadáveres pasan por mantener el cadáver en una cueva de ambiente muy seco para que el cuerpo “sude” la humedad durante ochos meses, eran colocados en pequeñas celdas llamadas “coladores”. Posteriormente se exponían al sol tras un baño de vinagre en una terraza hasta que la piel se acartone, dotando a los gestos de la cara de muecas grotescas y desencajadas.

El proceso, que incluía la deshidratación de los cuerpos que debían preservarse y la aplicación de vinagre para facilitar su preservación, fue de hecho una práctica común en Italia hasta el siglo XIX.

Se sabe que los cuerpos eran colocados para su conservación en un baño de arsénico o de cal, siendo esta última utilizada más en épocas de epidemias.

Es sabido que los cadáveres de los individuos muertos por envenenamiento por arsénico se conservan muy bien ya que este producto es un elemento que evita la corrupción de los cuerpos.

Los capuchinos sabían esto sin duda y por eso utilizaron esta técnica, al menos en algunas ocasiones. En otras se practicó el embalsamiento con diversos fármacos, inyecciones, que tenían como base la fórmula secreta inventada por el Dr Salafia.

De 1866 a 1897, los capuchinos fueron expulsados por los decretos de exclaustración quedando las catacumbas bajo la custodia del Ayuntamiento de Palermo. Durante este periodo de tiempo, los cuerpos, al no ser cuidados debidamente, se deterioraron bastante. Esto significa que los monjes cuidaban constantemente de los cuerpos, y que las momias debían ser vigiladas. Con su regreso los capuchinos comenzaron a restaurar los daños sufridos por los subterráneos y por las momias. (En la imagen: Rosalia Lombardo en su estado actual, (murió en 1920).

Algunos de estos cuerpos fueron envueltos en telas de saco llenas de paja, lo que ayudó a su desecación y eliminación de la humedad y hongos que habían aparecido.

Uno de los últimos cuerpos en ser enterrados en las catacumbas fue el de una niña llamada Rosalía Lombardo, que contaba solamente con 2 años de edad, y cuyo cuerpo está prácticamente intacto gracias al magnífico proceso de embalsamamiento al que fue sometido por el profesor Alfredo Salafia, que se llevó consigo la fórmula que le aplicó para que el cuerpo se conservara así.

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