Normalizando la Geoingeniería

Por Miguel Jara

Las estrategias exitosas (aunque de dudosa moralidad) de una parte de la industria farmacéutica son copiadas por otro lobbies. ¿Qué hace ante las enfermedades la parte más codiciosa del sector? Apuesta por tratamientos que, más que estar encaminados a curar, buscan convertir al paciente en adicto a los medicamentos para asegurarse buenas ventas. Bueno, pues de lo que va este post es de lo mismo, pero aplicado a algo tan impensable “a priori” como el control del clima por medios tecnológicos. 

El artículo que os resumo se titula De blanquear nubes a fingir volcanes: 2018 será el año cero de la geoingeniería y está escrito por Samuel Martín-Sosa, del área de Internacional de Ecologistas en Acción. La geoingenería es la ciencia nueva que estudia como combatir el cambio climático por medios técnicos y he escrito bastante desde que en 2009 publicase un capítulo amplio sobre ello en mi libro La salud que viene.

Como nos explica el autor del post: 

“Bajo este sesudo término se esconde la fantasía de manipular a placer un sistema tan complejo y no enteramente entendido como el clima para así controlar el termostato del planeta y solucionar el cambio climático. Hasta la fecha, este anhelo onírico parecía ser patrimonio exclusivo de un puñado de científicos iluminados”. 

En realidad la mayoría de la comunidad científica continúa hoy rechazando estas ideas, pero la cosmovisión de un planeta en el que se pueda reducir artificialmente la concentración del CO2 atmosférico o se pueda manejar la cantidad de radiación que llega a la tierra para modular la temperatura según convenga se abre paso en el pensamiento oficial y gana peso político. Se vislumbra todo un cóctel de técnicas que permitan de forma ideal aumentar y/o reducir a demanda lluvias aquí o allá, por ejemplo.

Hace unas cuantas décadas, cuando el calentamiento global aun no tenía nombre, una conocida empresa petrolera se anunciaba con la imagen de un gran iceberg, sacando pecho de capacidad tecnológica para fundir siete millones de toneladas de hielo al día. En efecto, el publicista se lució. De manera premonitoria y desgraciadamente muy acertada, en 2017 la extensión de la capa de hielo en ambos polos se encuentra en mínimos históricos según la NASA.

En el mismo tono prepotente hace no tantos años un conocido oceanógrafo afirmaba “dadme un tanque de hierro y os daré una edad de hielo”, en alusión a una técnica de geoingeniería conocida como fertilización oceánica, consistente en arrojar partículas de hierro al mar para crear explosiones poblacionales de algas que, al capturar CO2, podrían ayudar a enfriar el planeta.

En todos estos años, las propuestas para controlar el clima han sido variopintas y muchas parecen sacadas de películas de ciencia ficción. Generar con máquinas burbujas en el océano que espumen la superficie para blanquearla y aumentar así su reflectividad. 

También, modificar genéticamente las plantas para “mejorar” su capacidad fotosintética y ya de paso producir más grano y “solucionar” el hambre mundial, matando dos pájaros de un tiro. 

Cubrir el hielo polar con micropartículas de plástico para evitar que se funda; engordar las capas polares bombeando encima hielo artificial (la lógica aplastante nos indica que si el hielo se funde, lo suyo es “hacer” más hielo); lanzar miles de espejitos flotantes a la estratosfera durante años; inyectar partículas de azufre que imiten el efecto de los volcanes para “oscurecer” el cielo y que así penetre menos luz… 

Hay algunas especialmente contraintuitivas, como la idea de talar bosques boreales (es decir, ¡eliminar una fuente natural de captación de CO2 como son los árboles!) en zonas que habitualmente quedan cubiertas de nieve, para que esta se deposite en forma de manto blanco uniforme en el suelo y refleje mejor la luz. 

Con fenómenos metereológicos extremos y migraciones ambientales abriendo telediarios día sí y día también, empieza a considerarse este asunto muy en serio. ¿Sabían ustedes que en 2018 están programados tres experimentos de geoingeniería? O, empezando por el principio ¿habían oído hablar de la geoingeniería antes? 

Pues eso. No es casual que dos de los experimentos previstos para el año que viene vayan a tener lugar en EE.UU. Y es que el momento político también ha cambiado y la administración Trump no ve estas opciones con malos ojos. 

De hecho el negacionismo climático siempre se ha llevado bastante bien con la geoingeniería, que ofrece nuevas oportunidades de negocio a las corporaciones, como las derivadas de la venta del CO2 capturado, ya sea para fertilizar algas que se transformen en biocombustibles, bombardear invernaderos, a apurar, abran bien los ojos, los últimos barriles de pozos de petróleo ya explotados. 

Uno de los experimentos mencionados tendrá lugar en la Bahía de Monterey, en California y consistirá en blanquear nubes inyectándoles agua de mar aumentando su tamaño y blanqueándolas para que reflejen mejor la luz solar. Paradójicamente el investigador principal y promotor de esta empresa fue uno de los inventores años atrás de las impresoras de inyección: en esta ocasión se trata de “imprimir” nubes blancas a capricho en el cielo. 

Otro experimento, denominado SCoPEx, tendrá lugar en Tucson, Arizona. Promovido por la Universidad de Harvard y patrocinado como el anterior por Bill Gates, entra dentro de la modalidad denominada como Inyección Estratosférica de Aerosoles (SAI, por sus siglas en inglés), es decir, la “imitación” del polvo volcánico antes mencionada. 

Un tercer experimento programado en la Bahía de Hudson (Canadá) pretende cubrir el mar con microperlas de cristal reflectivas. 

¿Qué persiguen estos experimentos? Sobre todo lo que pretenden estos experimentos es “normalizar” la geoingeniería. Actuar de rompehielos para introducirla por la vía de los hechos en la agenda política. Leed entero el post referido, que no tiene desperdicio. 

Visto en : Astillas de Realidad

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